Huellas de tinta

El título de este artículo es robado de otro de Javier Marías. Entre varios escritores que he leído, Marías es uno de los que más ha dedicado artículos al fetichismo literario. Ese fetichismo en Bolaño, por ejemplo, es algo imposible, ya que un detective salvaje no tiene una gran biblioteca diseñada por su propietario, y peor aún, una discreta pero encantadora colección de autógrafos y libros raros. Textos como “Huellas de tinta”, “El bastón de Moby Dick”, “El Mal imaginativo” o “El largo adiós”, son testimonios de la comprensible pasión del señor Marías por el coleccionismo fetichista literario –muy adictivo, por cierto–.

La idea de escribir un modesto artículo sobre este tema surgió cuando, por accidente y buscando un libro del enorme poeta Héctor Viel Temperley, me encontré con que en Mercado Libre de Argentina se está vendiendo la primera edición –1850– de El Preludio de William Wordsworth, encuadernada en tela, editada por Edward Moxon, y que incluye –por si fuera poco– grabados, una nota necrológica del poeta –que murió poco después de terminar esta tercera versión de su libro y no lo vio publicado– y, finalmente, ocho carillas anónimas escritas de puño y letra de un caballero inglés desconocido para siempre. Todo por 150 dólares. El único problema –el gran problema– es que no hacen envíos fuera del país, ni siquiera dentro de Argentina, y solo aceptan que el cliente se acerque al local.

Tal vez este es un caso similar a uno que se cuenta en “El Mal imaginativo”. Allí Marías escribe sobre un tipo de librero de viejo argentino –en realidad, latinoamericano– que no sabe bien lo que tiene. La habilidad de estas personas, apunta el escritor español, está en su capacidad de ser “taladradores psicólogos”. A mí me ocurrió una vez que al tomar una edición antigua de Ladera este, de Octavio Paz, de uno de los estantes de una librería de viejo, mis ojos brillaron demasiado y mis manos temblaron de emoción. Vi la primera página y la portadilla y no estaba el precio. Supuse que el librero, un señor canoso, amable y despreocupado que miraba una televisión portátil, no era una de esas personas con conocimiento de coleccionista y seguramente, me dije, me lo vende por algunos dólares. En ese momento no tenía dinero, lo había olvidado en mi chompa. Cuando regresé a la librería, tomé Ladera este y fui hasta la mesa del señor. Por un impulso y antes de consultar el precio, abrí el libro y vi que estaba escrito en lápiz y en la primera hoja, el número 35. Me quedé quieto, y supuse que el viejo me había mirado de soslayo mientras mis ojos brillaban y mis manos temblaban con el libro, y a pesar de que estoy seguro de su ignorancia total sobre quién es Octavio Paz, sólo con ver mi reacción supo el precio del volumen. Con mucho pesar y odiándome un poco, lo compré.

Pero más curiosas que las ediciones antiguas, son los volúmenes autografiados y dedicados por los autores. En “Huellas de tinta”, Marías hace una distinción pertinente entre los valores distintos de las firmas. Por ejemplo, dice que es inconcebible la emoción ante un libro autografiado por un escritor contemporáneo nada sobresaliente, o por alguien que acepta firmar ejemplares en una feria del libro, tan comunes en estos tiempos. Lo que realmente da gusto y, en algunos casos reduce considerablemente el bolsillo, es encontrar y conseguir volúmenes firmados por autores muertos y admirados (“en algún sitio, hay que pensar, estarán sus huellas dactilares”, escribe Marías). Además, en el artículo mencionado antes, hay otra reflexión muy aguda: “Porque al fin y al cabo, según la actual tendencia a considerar “obra” de un autor la totalidad de lo que puso alguna vez por escrito (sean diarios, cartas, anotaciones marginales o la lista de la compra), habría que admitir que las palabras de una dedicatoria también forman parte de esa obra y además son irrepetibles, esto es, no estarán ni constarán en ningún otro lugar, en ningún otro ejemplar impreso”. Es obvio que se refiere a ejemplares dedicados a personas cercanas o queridas, a amigos o a gente con la que el autor estuvo agradecido, y no a esos autógrafos hechos al apuro, en una presentación o en una feria, o en la calle, como los futbolistas.

El señor Marías, como relata en los artículos que mencioné al principio, es un practicante de la costumbre mitómana de coleccionar libros autografiados por escritores admirados, y ha participado incluso en algunas subastas, y se ha hecho con varias joyas, entre las que destacan: un ejemplar firmado por Conrad que data de 1923, un libro de poemas con la tarjeta pegada de Luis Cernuda, un lote de cartas y cuadernos y fotos de John Gawsworth (léanse Todas las almas y Negra espalda del tiempo), una carta autógrafa de Conrad, un ejemplar firmado por Faulkner, otro firmado por Mallarmé, la traducción de Las mil y una noches sobre la que escribió Borges, uno de los volúmenes de la primera edición de Tristam Shandy firmada por Lawrence Sterne, entre otros.

Como cuenta en “El bastón de Moby Dick”, no tiene demasiados problemas para ofrecer 4000 libras por una pitillera con una inscripción de Conan Doyle –pujar en un subasta, aunque sea por teléfono, aplaca un poco la cordura–, o para pagar 2500 dólares por un ejemplar de Canción de gesta, de Pablo Neruda, editado en La Habana en 1960, y dedicado a su amigo Cabrera Infante. Una de sus justificaciones es que no tiene casa, ni carro, ni hijos, y como considera que el dinero que viene de improviso no debe guardarse sino gastarse –por ejemplo, el dinero de los premios–, invierte un poco en su fetichismo literario. Sin embargo, también es cierto que, por un precio excesivo, no pudo adquirir un objeto muy valioso: un bastón de narval que había pertenecido a Herman Melville, con las inciales “HM” grabadas junto al nombre de “Pittsfield” y la fecha “1850″. En dicha ciudad, Melville escribió Moby Dick, y la publicó un año después. Marías apunta que el bastón, al haber sido modelado a partir del incisivo de un cetáceo y al haber pertenecido a Melville mientras escribía su epopeya, hacía tangible un intangible: el capitán Ahab, por ejemplo. Bien mirado, Ahab pudo haber utilizado ese bastón.

Una importante reflexión que surge a partir de esto, es que para hacerse con una joya autografiada es necesario sacrificar un monto considerable de dinero. Un día entré a Amazon y solamente por curiosidad tecleé Jorge Carrera Andrade. Entre varios libros sin valor, había uno en particular que me llamó la atención: la primera edición –1951– de las traducciones de poesía francesa de Carrera Andrade. Era un volumen editado por la Casa de la Cultura y estaba autografiado. El precio: 38 dólares. Lastimosamente no tenía dinero ni cuenta en Amazon, y lo olvidé. Después de un año, abrió una librería de viejo detentada por dos cubanos. Un amigo, que tenía desde hace mucho tiempo el volumen mencionado antes pero sin autógrafo, me dijo que lo había visto en dicha librería. Me acordé que había leído sobre ese ejemplar en Amazon e ingresé de nuevo. Ya lo habían comprado. Nunca sospeché que quienes lo compraron fueron esos cubanos, y que lo hicieron para doblar su precio. Cuando al fin visité esa librería, me acerqué al estante y lo vi, ahí estaba. Los dueños, cuando ingresé, conversaban sobre Enrique Lihn, y por eso supuse que sí sabían lo que tenían. Estuve en lo correcto. El precio del volumen sobrepasaba los 50 dólares. No conseguí que me lo rebajaran y dejé de comer algunos días para adquirirlo, pero valió la pena. No es malo tener este ejemplar, considerando que fue la primera vez que se tradujo a poetas como Reverdy y que esta antología significó, para muchos lectores hispanoamericanos, la iniciación en el Clasicismo francés de inicios del siglo XX. La conclusión, en estos casos, es que hay que sacrificar un poco el bolsillo.

Autógrafo de Jorge Carrera Andrade, en Poesía francesa contemporánea. La dedicatoria está hecha a Sergio Núñez, novelista ambateño de la “Generación del 30”, olvidado por la crítica. Fotografía de José Luis Astudillo.

Pero hay otros casos en los que, como dice Marías, “uno encuentra auténticas gangas”. Nuevamente ingresé a Amazon, sólo por curiosear. Vi que estaba en venta un ejemplar de El espejo del mar, de Joseph Conrad, en traducción de Javier Marías y editado por Reino de Redonda. Una joya, considerando que dichos libros sólo se venden en España. Además, estaba autografiado por el traductor. Marías no está muerto y firma muchos ejemplares en las ferias, y supuse que el volumen, extrañamente ubicado en Estados Unidos, tenía una dedicatoria común y corriente a un lector español que había olvidado en Estados Unidos el libro. El precio era irrisorio: 20 dólares. Le pedí de favor a un tío que lo comprase y me lo trajera cuando visitara Ecuador.

Cuando tuve el ejemplar en mis manos –al final lo trajo mi hermano–, lo primero que hice fue mirar la dedicatoria del señor Marías, escrita en tinta azul y en inglés y en la portadilla. El libro estaba dedicado a un tal Ben Sonnenberg. Lo ignoré y me bastó con tener un ejemplar de un libro exquisito, firmado por uno de mis novelistas favoritos, y con una dedicatoria en la que afirmaba que esta traducción era, de largo, su mejor trabajo.

Hace unos días y después de releer los artículos de Marías que he mencionado, decidí averiguar quién fue Ben Sonnenberg. Tal vez fuera alguien importante, pensé. “Solemos hacer el elogio de las historias y vidas y pensamientos y bromas que encierran tales objetos [los libros], olvidando casi siempre que a veces es el objeto mismo el que tiene vida e historia, y suscita algún pensamiento e incluso gasta unas cuantas bromas”. Como siempre, Marías tiene más razón que un santo. Así que puse en Google el nombre visiblemente norteamericano y me llevé una gran sorpresa. Ben Sonnenberg fue el creador y editor de una de las revistas estadounidenses más importantes de la posguerra: Grand Street. Esta revista, fundada en 1981, y cuyo tiraje no excedía los 5000 ejemplares, fue una de las publicaciones impecables, muy raras y reverenciadas, en las que el editor publica lo que quiere y que son bellamente editadas –tenía las páginas crema– y que le sirvió, como dijo el propio Sonnenberg, “para dar algo de dinero a personas que escriben como me gusta”. Sonneberg fue hijo de un publicista famoso –uno de sus clientes fue Samuel Goldwyn–. Pasó por colegios privados en los que, debido a su precocidad, pretensión e insistencia, no tuvo buenas experiencias y fue calificado como persona non grata. Por su holgura económica se lo consideró un dandy, y tenía como costumbre gastar grandes sumas de dinero en tiendas caras y seducir mujeres atractivas. Sonnenberg no terminó el colegio, fue autodidacta y viajó por Europa (tal vez allí conoció al señor Marías). Entre sus amigos se contaron a Elias Cannetti, Ted Hughes, William Stanley Merwin, entre otros.

La primera edición de Grand Street la hizo en el comedor de su departamento de Riverside Drive. La revista incluyó poemas, cuentos, ensayos y otros textos inclasificables pero de gran calidad. Sonnenberg fue abierto pero exigente. Él solicitaba la colaboración de los escritores de manera personal y era un interesante provocador en las conversaciones. Debió ser muy divertido su diálogo con el recientemente fallecido Christopher Hitchens, que también publicó para él. Sonnenberg mantuvo la revista durante 9 años, y en 1990 la vendió por problemas de salud. Los síntomas de la esclerosis múltiple que terminaría con su vida comenzaron en los años 70. Incluso antes de vender Grand Street, su cuerpo se paralizó del cuello para abajo, y dictaba a otra persona los escritos que luego eran incluidos en la revista. “Yo publiqué solamente lo que me gustó”, dijo Sonnenberg en una ocasión, y por los autores que fueron incluidos, se puede decir que tuvo un gusto impecable: Cavafis (él lo dio a conocer en Estados Unidos), Raymond Carver, Cioran, Saul Bellow, Yannis Ritsos, y los ya mencionados Hughes, Merwin y Hitchens, publicaron sus textos en Grand Street que, en sus propias palabras, fue “un emblema de obstinación, omnivorismo, capricho”.

Para Marías hay tres razones por las que una persona da con un libro dedicado en un almacén de ocasión (en este caso Amazon): “ese alguien (a quien iba dedicado el libro) se cansó de tenerlo”, “estaba tan necesitado de dinero que lo vendió” o “ha muerto y sus pertenencias se están desperdigando”. En un artículo titulado “Sólo fragancia”, Marías cuenta que durante una feria del libro un joven le obsequió un ejemplar de Travesía del horizonte, de 1973, dedicado por él a su madrina Olga Navarro. El joven había comprado el volumen a bajo precio, en una librería de viejo. Marías, años atrás, había escrito en “Huellas de tinta” que todavía no se había topado con un ejemplar dedicado por él y a una persona querida, reposando a bajo precio en una librería de ocasión. “Hay un tipo de melancolía que la vida no suele ahorrarnos”, escribió también, profético. En “Sólo fragancia” el libro dedicado a su madrina desencadena una serie de recuerdos muy bellos, melancólicos, y tengo la impresión de que ese ejemplar de Travesía del horizonte está donde debe estar: en las manos de quien lo dedicó.

 

Ben Sonnenberg murió el 24 de junio de 2010. Es obvio que la razón por la que tengo el ejemplar dedicado por Marías y adquirido el año anterior, es que el propietario del libro “ha muerto y sus pertenencias se están desperdigando”. No creo que Sonnenberg, en 2005 –la fecha de la dedicatoria– haya salido del país y haya viajado a España. Tal vez Javier Marías visitó Estados Unidos en ese año, o, simplemente, como una muestra de amistad y cariño y gratitud, le envió su “mejor trabajo” para que disfrute, como está escrito en la dedicatoria, del exquisito apéndice de Imágenes Conradianas y de un curioso ensayo que consta al final.

Hace pocos días supe que tengo un ejemplar que reposó en la privilegiada biblioteca de Ben Sonnenberg, y aunque el libro de Conrad está bellamente editado y traducido y es único, me gustaría devolvérselo al señor Marías, para que vuelva a su hogar y le dedique a Sonnenberg, tal vez, unas páginas tan bellas como las que le dedicó a su madrina Olga.

 

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